Nuestras calles y los algoritmos
Por Hugo Moreno Freydig
En los últimos años hemos empezado a delegar decisiones urbanas cotidianas a algoritmos que no fueron diseñados para mejorar la ciudad, sino para optimizar tiempos individuales de desplazamiento. Plataformas como Waze, Uber o Google Maps operan bajo una lógica clara: reducir minutos de viaje para cada usuario. El problema es que, al hacerlo de manera masiva, terminan reconfigurando patrones de movilidad urbana sin ningún tipo de planeación pública ni evaluación de impactos.
Lo que antes era una calle local con tránsito moderado puede convertirse, de un día a otro, en una vía de paso intensivo simplemente porque un algoritmo la identifica como atajo eficiente. He observado además que estas plataformas, en su intento por evitar semáforos o congestión en vialidades principales, desvían a los conductores hacia vialidades terciarias, trasladando el tráfico a calles que no están diseñadas para soportarlo. Esto incrementa el riesgo de siniestros viales en zonas habitacionales, deteriora la calidad del entorno y altera dinámicas barriales que deberían priorizar al peatón y a la vida local.
A esto se suma un problema menos visible pero igual de preocupante. He detectado que algunas plataformas de navegación indican mediante comandos de voz que la velocidad máxima permitida es de 60 km/h, cuando la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial establece un límite de 50 km/h. Esta discrepancia no es menor. En la práctica, se está comunicando información incorrecta que fomenta el incumplimiento normativo y pone en riesgo a los usuarios más vulnerables de la vía.
Por otro lado, es importante reconocer que las plataformas de servicios de traslado han resuelto una necesidad real. Aplicaciones como Uber o DiDi han facilitado la movilidad de miles de personas ante la falta de sistemas de transporte público eficientes, confiables y bien conectados. Sin embargo, su crecimiento también ha incrementado significativamente la cantidad de viajes y vehículos en circulación, lo que contribuye a la congestión y a una mayor presión sobre la infraestructura urbana. Esto evidencia que el problema de fondo no son las plataformas en sí, sino la deficiencia del sistema de transporte público.
Desde el urbanismo, el reto no es rechazar la tecnología, sino entender que hoy existen actores privados con capacidad real de modificar el funcionamiento de la ciudad en tiempo real. Si las ciudades no comienzan a regular, colaborar o al menos dialogar con estas plataformas, el diseño urbano seguirá compitiendo contra decisiones automatizadas que priorizan eficiencia individual sobre bienestar colectivo. El resultado es una ciudad que ya no se diseña únicamente en planos o reglamentos, sino también en código.

Autor:
Hugo Moreno Freydig
Arquitecto, Maestro en Ciencias Ambientales y activista por la movilidad sostenible, accesibilidad universal y seguridad vial. Cofundador del despacho de urbanismo y arquitectura: UrbanDot.mx

