El turista en nuestra movilidad y el diseño de la ciudad cotidiana
Por Angel Preciado Domínguez

¿Se han preguntado por qué cuando viajamos a otra ciudad somos capaces de caminar kilómetros, usar el transporte público con destreza y apreciar cada detalle del espacio público, pero al regresar a nuestra rutina diaria, la ciudad parece volverse una barrera infranqueable? Esta contradicción no es solo emocional; es una respuesta condicionada por el diseño urbano de nuestras propias ciudades y las expectativas que proyectamos sobre los entornos que visitamos. Al viajar, nuestra percepción del tiempo, la distancia y la seguridad se transforma, permitiéndonos habitar espacios que, de otro modo, ignoraríamos.

Cuando estamos de vacaciones, nos convertimos en «urbanistas espontáneos». Nuestras necesidades de movilidad dejan de enfocarse exclusivamente en la eficiencia del traslado del punto A al punto B, típica del residente que compite con el tráfico para llegar al trabajo y se centran en la experiencia del recorrido. Esta libertad nos permite redescubrir el valor de la caminabilidad y el transporte multimodal, elementos que, irónicamente, a menudo subestimamos en nuestra propia ciudad.

Como residentes, a menudo sacrificamos la calidad del entorno por la rapidez. Nos adaptamos a infraestructuras deficientes, priorizando el uso del auto particular para mitigar los huecos que el diseño urbano no llena. Esta adaptación es peligrosa: normalizamos banquetas inexistentes, falta de arbolización, iluminación precaria y cruces peatonales inseguros, convirtiéndonos en residentes pasivos que aceptan una infraestructura que, si encontráramos en una ciudad extranjera, catalogaríamos como fallida.

Si en una ciudad extranjera exigimos banquetas amplias, seguridad peatonal y transporte eficiente, ¿por qué no las exigimos con la misma fuerza donde vivimos?

La calidad del espacio público no debe ser un lujo reservado para el turista, sino la base de la vida cotidiana del ciudadano. La verdadera infraestructura resiliente, aquella debe ser capaz de absorber tanto el flujo diario del residente como las demandas atípicas que ocurren durante temporadas altas o eventos masivos.

La ciudad que disfrutamos como turistas no es producto de la magia; es el resultado de una planeación consciente donde se prioriza la experiencia urbana-

Si nos atrevemos a caminar por rutas distintas, a observar la infraestructura con ojo crítico y a demandar espacios de calidad, empezaremos a exigir el cambio necesario. Recuperar nuestra ciudad es, en esencia, empezar a recorrerla con la curiosidad de quien la visita por primera vez, pero con la responsabilidad de quien planea quedarse.

Autor:

Arq. Angel Preciado

Arquitecto, entusiasta del urbanismo y el ordenamiento territorial. Cofundador del despacho de urbanismo y arquitectura UrbanDot.mx

 

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